Solidarios

martes, septiembre 19, 2006

TODO LO QUE EMPIEZA ACABA

Hola amigos. Este blog fenece aquí y ahora. Pero no es el fin DE POETAS Y DE LOCOS: ¡Nos mudamos! ahora estamos aquí:

http://blogdepoetasydelocos.blogspot.com

martes, septiembre 05, 2006

¡Buenos días ex mujer!


Imagínese ser musulmán y estar casado con una señorita que responde al nombre de Sohela Ansari. Imagínese también, sin la mente sucia, que se van a la cama de matrimonio, como todas las noches, y se disponen a dormir. A la mañana siguiente usted nota que a su mujer le ocurre algo raro, no es una mañana corriente, ¿qué está pasando?, ella está atemorizada: ¡Normal! sin darse cuenta usted se acaba de divorciar.
EFE titula: “Una pareja de musulmanes de Bengala Occidental (India) ha sido obligada a separarse después de que el marido se divorciara de ella mientras dormía, informan hoy medios locales”.
¡¿Pero que invento es esto?!, diría Sara Montiel. La mujer, después de aquella noche, contó a todas sus amistades que su esposo había pronunciado 3 veces la palabra "divorcio" mientras dormía. El “run, run” fue de boca en boca y acabaron enterándose los líderes islámicos locales –unos tipos importantes; deben ser los que cortan el bacalao–. La cosa es que la ley islámica conocida como "triple talaq" les obliga a divorciarse. “Talaq” es un verbo que quiere decir “soltar, dejar ir”. El participio pasivo de talaq -mutlaq- significa “sin restricciones, libre”. El talaq es que el hombre deje ir a la que era su esposa, que no la retenga.
En conclusión: que la parejita que llevaban casados once años y tenían tres hijos fueron obligados a separarse. Y, ¡atención!: los líderes religiosos –de buen royo– les dicen que, si la pareja se quiere volver a casar, deben esperar al menos cien días y Sohela –la mujer– tiene que pasar una noche con otro hombre y divorciarse de él después. ¡Lo que oyen! Nuestros líderes religiosos no son tan drásticos –digo drásticos por no faltar al respeto a nadie, pero busquen sinónimos–.
La noticia concluye: la pareja se ha negado a obedecer esa orden y el asunto ha sido remitido a un organismo local para el consejo familiar. La minoría musulmana se rige por las leyes islámicas en temas como el matrimonio, el divorcio y la herencia.
Aunque otros afirman que "la ley dice claramente que toda acción ejercida bajo compulsión o en estado de intoxicación no tiene ningún efecto y en el caso de alguien que se divorcie de su mujer estando dormido también formaría parte de este supuesto".
Buenas noches a todos y a todas. Descansen bien.

miércoles, agosto 23, 2006

Enajenación doméstica



Mi madre está enganchada a la televisión por cable. La observo desde el cuartito del ordenador. No se da cuenta. Ahora está viendo Anatomía de Grey, un tal Alex está en pantalla. Es un pipiolo en eso de la medicina y un poco pringao. Mi madre sigue hierática ante el televisor. Le encanta la FOX, y eso que todavía no ha descubierto la serie “Perdidos”, si le da por ponerla en un momento de aburrimiento nosotros si que la perdemos a ella. Veo un papel en sucio, lo arrugo y se lo lanzo para comprobar sus reflejos. ¡Diana!, ¡le he dado en toda la cabeza! Esta viva. Me mira, “Más te valdría estudiar”, me dice, y tiene razón, pero ya ha vuelto a girar la cabeza hacia el televisor. House también le pirra, no se pierde ni un capítulo de los suyos. Si yo fuera mi padre tendría celos del televisor. Pero a mi padre le da igual, él es feliz con su ordenador portátil. ¡Míralo aquí lo tengo a mi derecha!, yo en el fijo y él en su computadora desplegable. La verdad es que este cuarto de mi casa parece un ciber. Aunque ninguno de los dos estamos jugando. El que está jugando es mi hermano, en su cuarto, con la Play Station. Voy a otear su hábitat. Ahora vuelvo... Ya. Lo tendría que haber supuesto: está jugando al ISS pro evolution –Un juego de fútbol, como el FIFA de toda vida pero, según él, mucho mejor, porque es más difícil–. Como se puede apreciar en mi casa no hay mucha comunicación: una total enajenación doméstica. Yo no me libro tampoco, aquí estoy: con mi amigo el ordenador.

viernes, julio 14, 2006

El chulo de playa



Todas las personas que van a la playa lo admiran, él lo sabe. Camina con aires de Humphrey Bogart luciendo un moreno ideal y observando siempre a su alrededor, escondido tras sus gafas de sol. Las guiris le adoran pero lo disimulan muy bien, o al menos eso es lo que piensa. A sus treinta años recién cumplidos, ducho en las técnicas del cortejo y un playboy nato, el chulo de playa madruga todas las mañanas para coger un buen sitio en la costa. Es una forma de vida, un arte que pueden desarrollar contadas personas en el levante español. El chulo de playa es consciente de esto y lucha a ultranza por conservar su caché en el litoral, no vaya a ser que otro gallito le quite el puesto.
Embutido en su bañador tipo slip de color rojo-pasión, que marca todo su poderío, se deja contemplar como un monumento de esas metrópolis históricas hundidas por los años; pero no le preocupa la soledad, está ahí para ser admirado. En un hombro lleva la toalla de delfines recuerdo de Mallorca y en el otro sostiene su loro con cintas del progressive más estridente que ha encontrado. Y así, día tras día amanece temprano para coger sitio en la playa y no encontrarse con el overbooking de la costa que sorprende a los poco madrugadores. Camina como un ave zancuda mirando con desdén a los demás hombres, estirando el cuello y babeando por las inglesitas veinteañeras que celebran su fin de curso en la playa. Sacando pecho y metiendo tripa, sin descuidar ni un solo día el moreno de su tez, deslumbra a todo ser viviente de la playa: tanto a las ancianas como a las adolescentes. El chulo de playa se ha convertido en una figura imprescindible en las escenas playeras, tanto es así que cuando falta cualquier día a su cita con la arena y el salitre se le echa más en falta que al socorrista.
¿Qué hará este hombre cuando acaba el verano?, se pregunta la gente. Y es que cuando la época estival se esfuma su ilusión se transforma en llanto y, mientras hace la maleta para regresar a casa, siente cómo la mejor época del año se ha perdido y deberá volver a restar los días del calendario hasta que el calor vuelva a las costas de la península.

martes, abril 25, 2006

El anciano más optimista del mundo


Tienen razón. Los chinos son mejores que cualquiera de nosotros en sus relaciones con las nuevas tecnologías. Yo antes lo dudaba: al fin y al cabo, una persona que nace en China no tiene por qué ser la más experta del mundo en las nuevas tecnologías, al menos eso creía. Ahora estoy completamente convencido de que los chinos son superiores en el ámbito tecnológico. La persona que ha conseguido convencerme de esto ha sido Gong Duoruo, un chino de 105 años que está buscando novia por internet, ¡toma ya! Cuando me enteré de este suceso me acordé de mis abuelos (que no tienen 105 años pero rondan los 90): ellos hablan de internet como si fuera algo inaccesible. Cuántas veces le habré oído decir a mi abuela: “Claro, es que ahora lo tenéis muy fácil con eso del internet”, como si a ellos no les afectara o si les quedara ya lejos. Y yo estaba convencido de que así era. Me pegué toda una tarde tratando que mi abuelo manejara el ratón del ordenador y todos mis esfuerzos fueron en vano. Por eso digo que admiro tanto a Gong; además, ahí no acaba la historia. El anciano buscaba a su media naranja por medio de videoconferencias poniendo una condición: la afortunada debía tener como mucho la mitad de la edad de Gong (de perdidos al río, puestos a pedir…). Hay que reconocer que el anciano sabe aprovechar las nuevas tecnologías y también sea posiblemente una de las personas más optimistas del mundo.
Cuando somos más jóvenes es sencillísimo aprender cosas nuevas, pero una vez alcanzada cierta edad seguimos viviendo con todo aquello que nos ha ayudado a crecer, sin atrevernos a experimentar nuevos campos del saber y mucho menos nuevas tecnologías. Creo que es admirable la hazaña de Gong pero mucho más admirables son los resultados de su búsqueda en internet. Gong contactó con una enfermera de 50 años apellidada Zhang. A la enfermera le conmovió el esfuerzo de Gong y su visión optimista de la vida (no es para menos). La cosa es que terminaron intercambiando sus direcciones de correo electrónico para seguir en contacto.
Muchas de las personas mayores que no han crecido en el mundo de internet no se atreven ni siquiera a sentarse en la silla del ordenador para intentar manejarlo. Internet cumple una función social bastante destacable y puede convertirse en la solución de muchos problemas de compañía. Es cierto también, que muchas de las páginas que nos podemos encontrar en la red es mejor no visitarlas por su contenido o por los daños colaterales que puede sufrir nuestro ordenador (como virus o timos). Y es verdad eso que dicen del diablo, que es más sabio por viejo que por diablo, y por lo visto Gong así nos lo ha demostrado.

martes, marzo 28, 2006

Un alma subastada


¿Venderías tu alma? Yo no, dudo que se pueda hacer; aunque Herman Mehta, un estudiante de Magisterio de veintitrés años, la vendió hace un mes en eBay por 504 dólares. El joven aseguraba ser ateo y subastó su alma al mejor postor en la conocida página de encuentros comerciales de internet. Me resulta bastante cómico este suceso porque me acordé de que mi hermano vendió su guitarra eléctrica en la misma página web. Muchos de los objetos que podemos encontrar en las extensas listas de ventas de eBay tienen un precio superior al del alma de Herman Mehta. Yo me pregunto: ¿acaso se puede vender el alma como si fuera un simple objeto? Hay algo en este negocio que no me cuadra del todo. No sé que tipo de ateísmo profesará Metha pero si una persona se declara atea se supone que no cree en la salvación del alma: si no cree ni en Dios ni en la resurrección no debería considerar el tener un alma, y mucho menos venderla, claro. Pero aun así, como si de una mercancía vulgar se tratase, el joven recibió 41 ofertas. En la puja había dos bandos: los pastores evangélicos –intentando salvar al espíritu de Metha– y los que deseaban mantener lejos de la fe al alma del joven –el lado oscuro de la subasta–. Finalmente, el vencedor de la puja se encontraba en el lado del bien: Jim Henderson, un ex–pastor de Seattle que pagó los 504 dólares por tener la oportunidad de salvar esta alma –tres hurras por él–. En esta parte de la historia también me he acordado de la venta de la guitarra de mi hermano: él se la vendió a un valenciano y Seur se encargó del transporte. Me pregunto cómo sabría el señor Henderson que el joven le envió su alma a Seattle. Y, es más, ¿acaso el ex–pastor evangélico cree que el cuerpo puede vivir sin el alma? No entiendo nada. Se supone que no hay cuerpo sin alma. Escenas como éstas desembocan en una cadena de peguntas hipotéticas casi sin final: ¿si un ateo cree en la salvación de su alma es ateo?, ¿alguien ajeno puede salvar tu alma?, ¿es necesario vendérsela a ese alguien para que te la salve? y, es más: ¿este chanchullo puede llevarse a cabo en internet?
Yo creo que cada uno es dueño de sus cosas y con los temas metafísicos es mejor no jugar, o mejor dicho: es mejor no jugársela. Considero que no es ético hacer negocio con las creencias religiosas de los demás, y mucho menos utilizarlas para ser el centro de atención de medio mundo. Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

miércoles, marzo 22, 2006

WC


No pretendo resultar soez ni causar una mala imagen de mi persona, pero quiero contar una escena que viví la semana pasada en mi retrete. Prometo no entrar en detalles.El viernes, mis compañeros de piso y yo estábamos esperando una visita importante que venía a comer con nosotros. Para que el piso no pareciera un campo de minas hicimos la rápida pero eficaz oleada de limpieza por toda la casa. Mientras mis compañeros de piso higienizaban el salón y la cocina yo me encargué de limpiar los baños –siempre me engañan–, que es lo que menos me gusta hacer. Recordé que dos días antes había comprado en el supermercado unas toallitas que prometían ser mágicas para la limpieza del retrete y ese viernes me dispuse a estrenarlas. Seguí las instrucciones del dibujo del envoltorio: cogí la toallita, la pasé por encima del retrete, la tiré al inodoro, y tiré de la cadena. Perfecto, el retrete brillaba como nuevo. Después me puse a limpiar los espejos, el lavabo, la bañera y demás rincones del servicio a una velocidad de vértigo. Vamos, que en una hora ya habíamos tuneado la casa, incluso parecía habitable.

Faltaba media hora para que llegara nuestro invitado y me puse a hacer tiempo tumbado en mi cama. Dejé la mente en blanco y puse el Víctor automático. Estaba en mi momento sedentario y tan sólo escuchaba los pasos de mis compañeros de piso. Uno de ellos se dispuso a estrenar el retrete después de mi concienzuda limpieza. Descargó, tiró de la cadena y… ¡joder, tsunami! Agua a borbotones saliendo del váter. “¿Qué ha pasado?”, dijo otro de mis compañeros del piso. Se había atascado el retrete y no tragaba el agua. Nadie culpó al último que utilizó el servicio, todos me apuntaban con el dedo y acusaban a mis toallitas mágicas. Decidimos cerrar la puerta de ese baño y que nuestro invitado utilizara el otro. La velada fue agradable.

Al día siguiente decidimos llamar a un fontanero porque aquello no tragaba
ni con CocaCola –que es bien sabido que esta bebida desatasca todo–.Desempolvamos las Páginas Amarillas y buscamos por la “f” de fontaneros. Llamamos. Parecía que todo estaba arreglado, nos dijeron que nos lo mandarían en breve. Pasaron unas cuantas horas y llamaron a la puerta, era nuestro salvador. Le abrimos y le indicamos donde estaba el problema. El fontanero era un tío fuerte y grande que llevaba una caja con lo que supuse que eran herramientas especiales para desatascar inodoros. Miró al retrete, se rascó el mentón y me dijo: “Tira de la cadena”. Yo le advertí que aquello se iba a desbordar. “Tira de la cadena”, repitió. Pues nada, a tirar: no suelo contradecir dos veces a la gente que me saca tres o más cabezas. Tiré de la cadena y otra vez inundación. “Trae la fregona”, me dijo el fontanero. Mientras iba a por ella pensaba: ¡Qué cabrón, ahora me va a hacer fregar! Pues me equivocaba. El fontanero cogió la fregona, la metió dentro del retrete y empezó a empujar. “Tira de la cadena ahora”, me volvió a decir. Orden y mando. ¡Funciona!, ¡ya traga! “Bueno pues aquí te dejo la factura y me voy, la pagáis en la oficina central”. Lo despedí con cara de satisfacción. Cara que me cambió cuando me dio por mirar la factura que nos dejó nuestro amigo. ¡116 euros por meter la condenada fregona en el WC! Se ha confundido, pensé. Pero no. Me sentí engañado. Si por meter una fregona en el retrete nos cobró más de cien euros, ¿qué cobrará por cambiar una tubería o por arreglar alguna fuga imposible? Bueno, una cosa me quedó clara: no vuelvo a llamar a un fontanero. ¡Ah!, y la fregona ya no está en el armario empotrado de la limpieza, ahora la tenemos en el baño, junto a la escobilla.

Daños Colaterales



Tengo un problema: el tabaco me está haciendo más daño que nunca. Desde que entró en vigor la Ley Antitabaco parece que el mayor delito que se puede cometer en estos días es encenderse un cigarrillo. Pero ésto no lo digo porque me afecte directamente, es más, no he probado un cigarrillo en la vida. Antes me reventaba que fumaran mis amigos, mis padres, mis compañeros de clase… incluso odiaba la profesión de mi abuelo: estanquero. “¿Tienes un abuelo estanquero y no fumas?”, me decían mis amigos, “¡tú eres gilipollas!”. “Un gilipollas sano, no como tú”, les respondía yo. Dedicaba tiempo y esfuerzo para que los demás dejaran de fumar haciendo apuestas tontas para ver cuánto aguantaban sin el tabaco –apuestas que siempre ganaba yo, por supuesto– y leyéndoles cosas curiosas del periódico: “Mira lo que dice este artículo: ‘El tabaco puede producir infarto de miocardio, aumento del colesterol, arritmia cardíaca, hipertensión arterial, y taquicardias múltiples’”. ¡Sin acritud, eh! Siempre mirando por su bien, por el de sus pulmones y por el de los míos, claro. Yo no tenía porque tragarme el humo de sus cigarrillos. Antes deseaba que los gobernantes tomaran medidas tajantes y dictasen terribles reprimendas contra los adictos al tabaco. Antes deseaba que se extinguieran del planeta todos los fumadores y que me dejaran respirar el aire puro llegado de los bosques. Y entonces salió la Ley Antitabaco: “¡Aleluya!”, pensé, “¡Se acabaron los malos humos en mi vida!”. Pero no. Me estaba equivocando. No se acabaron, al revés: se incrementaron. Ahora los fumadores tienen que salir a la calle para echarse su cigarrito o esconderse en alguna parte de los edificios para que nadie los vea. Los edificios de España se han convertido en auténticos institutos para adolescentes: la vuelta al cole, pero esta vez sin El Corte Inglés. Ahora los repudiados deben fumar a escondidas y aun así yo sigo tragando el mismo humo. Como todos los fumadores han tenido pasado recuerdan que un buen sitio para fumar sin ser descubiertos es el baño –lugar que visito de vez en cuando, según los días–. Pues bien, ahora le ha dado a la gente por meterse al baño a fumar. Y créanme, aspirar el humo en un recinto cerrado es un auténtica tortura.

Antes, cuando estaba con mis amigos, ellos fumaban y mientras conversábamos yo tragaba su humo, cosa que me irritaba bastante. Ahora cuando estoy con mis colegas ellos fuman mientras conversamos, yo trago el humo y además paso frío por estar en la calle, cosa que me irrita aún más. No es justo. Antes no pasaba frío. Si al menos la ley hubiera salido en verano… En fin, antes luchaba por acabar con el humo y ahora lucho por acabar con el frío, con los baños ahumados, con el tabaco en general y todo ello para intentar que no acaben conmigo.