Solidarios

martes, marzo 28, 2006

Un alma subastada


¿Venderías tu alma? Yo no, dudo que se pueda hacer; aunque Herman Mehta, un estudiante de Magisterio de veintitrés años, la vendió hace un mes en eBay por 504 dólares. El joven aseguraba ser ateo y subastó su alma al mejor postor en la conocida página de encuentros comerciales de internet. Me resulta bastante cómico este suceso porque me acordé de que mi hermano vendió su guitarra eléctrica en la misma página web. Muchos de los objetos que podemos encontrar en las extensas listas de ventas de eBay tienen un precio superior al del alma de Herman Mehta. Yo me pregunto: ¿acaso se puede vender el alma como si fuera un simple objeto? Hay algo en este negocio que no me cuadra del todo. No sé que tipo de ateísmo profesará Metha pero si una persona se declara atea se supone que no cree en la salvación del alma: si no cree ni en Dios ni en la resurrección no debería considerar el tener un alma, y mucho menos venderla, claro. Pero aun así, como si de una mercancía vulgar se tratase, el joven recibió 41 ofertas. En la puja había dos bandos: los pastores evangélicos –intentando salvar al espíritu de Metha– y los que deseaban mantener lejos de la fe al alma del joven –el lado oscuro de la subasta–. Finalmente, el vencedor de la puja se encontraba en el lado del bien: Jim Henderson, un ex–pastor de Seattle que pagó los 504 dólares por tener la oportunidad de salvar esta alma –tres hurras por él–. En esta parte de la historia también me he acordado de la venta de la guitarra de mi hermano: él se la vendió a un valenciano y Seur se encargó del transporte. Me pregunto cómo sabría el señor Henderson que el joven le envió su alma a Seattle. Y, es más, ¿acaso el ex–pastor evangélico cree que el cuerpo puede vivir sin el alma? No entiendo nada. Se supone que no hay cuerpo sin alma. Escenas como éstas desembocan en una cadena de peguntas hipotéticas casi sin final: ¿si un ateo cree en la salvación de su alma es ateo?, ¿alguien ajeno puede salvar tu alma?, ¿es necesario vendérsela a ese alguien para que te la salve? y, es más: ¿este chanchullo puede llevarse a cabo en internet?
Yo creo que cada uno es dueño de sus cosas y con los temas metafísicos es mejor no jugar, o mejor dicho: es mejor no jugársela. Considero que no es ético hacer negocio con las creencias religiosas de los demás, y mucho menos utilizarlas para ser el centro de atención de medio mundo. Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

miércoles, marzo 22, 2006

WC


No pretendo resultar soez ni causar una mala imagen de mi persona, pero quiero contar una escena que viví la semana pasada en mi retrete. Prometo no entrar en detalles.El viernes, mis compañeros de piso y yo estábamos esperando una visita importante que venía a comer con nosotros. Para que el piso no pareciera un campo de minas hicimos la rápida pero eficaz oleada de limpieza por toda la casa. Mientras mis compañeros de piso higienizaban el salón y la cocina yo me encargué de limpiar los baños –siempre me engañan–, que es lo que menos me gusta hacer. Recordé que dos días antes había comprado en el supermercado unas toallitas que prometían ser mágicas para la limpieza del retrete y ese viernes me dispuse a estrenarlas. Seguí las instrucciones del dibujo del envoltorio: cogí la toallita, la pasé por encima del retrete, la tiré al inodoro, y tiré de la cadena. Perfecto, el retrete brillaba como nuevo. Después me puse a limpiar los espejos, el lavabo, la bañera y demás rincones del servicio a una velocidad de vértigo. Vamos, que en una hora ya habíamos tuneado la casa, incluso parecía habitable.

Faltaba media hora para que llegara nuestro invitado y me puse a hacer tiempo tumbado en mi cama. Dejé la mente en blanco y puse el Víctor automático. Estaba en mi momento sedentario y tan sólo escuchaba los pasos de mis compañeros de piso. Uno de ellos se dispuso a estrenar el retrete después de mi concienzuda limpieza. Descargó, tiró de la cadena y… ¡joder, tsunami! Agua a borbotones saliendo del váter. “¿Qué ha pasado?”, dijo otro de mis compañeros del piso. Se había atascado el retrete y no tragaba el agua. Nadie culpó al último que utilizó el servicio, todos me apuntaban con el dedo y acusaban a mis toallitas mágicas. Decidimos cerrar la puerta de ese baño y que nuestro invitado utilizara el otro. La velada fue agradable.

Al día siguiente decidimos llamar a un fontanero porque aquello no tragaba
ni con CocaCola –que es bien sabido que esta bebida desatasca todo–.Desempolvamos las Páginas Amarillas y buscamos por la “f” de fontaneros. Llamamos. Parecía que todo estaba arreglado, nos dijeron que nos lo mandarían en breve. Pasaron unas cuantas horas y llamaron a la puerta, era nuestro salvador. Le abrimos y le indicamos donde estaba el problema. El fontanero era un tío fuerte y grande que llevaba una caja con lo que supuse que eran herramientas especiales para desatascar inodoros. Miró al retrete, se rascó el mentón y me dijo: “Tira de la cadena”. Yo le advertí que aquello se iba a desbordar. “Tira de la cadena”, repitió. Pues nada, a tirar: no suelo contradecir dos veces a la gente que me saca tres o más cabezas. Tiré de la cadena y otra vez inundación. “Trae la fregona”, me dijo el fontanero. Mientras iba a por ella pensaba: ¡Qué cabrón, ahora me va a hacer fregar! Pues me equivocaba. El fontanero cogió la fregona, la metió dentro del retrete y empezó a empujar. “Tira de la cadena ahora”, me volvió a decir. Orden y mando. ¡Funciona!, ¡ya traga! “Bueno pues aquí te dejo la factura y me voy, la pagáis en la oficina central”. Lo despedí con cara de satisfacción. Cara que me cambió cuando me dio por mirar la factura que nos dejó nuestro amigo. ¡116 euros por meter la condenada fregona en el WC! Se ha confundido, pensé. Pero no. Me sentí engañado. Si por meter una fregona en el retrete nos cobró más de cien euros, ¿qué cobrará por cambiar una tubería o por arreglar alguna fuga imposible? Bueno, una cosa me quedó clara: no vuelvo a llamar a un fontanero. ¡Ah!, y la fregona ya no está en el armario empotrado de la limpieza, ahora la tenemos en el baño, junto a la escobilla.

Daños Colaterales



Tengo un problema: el tabaco me está haciendo más daño que nunca. Desde que entró en vigor la Ley Antitabaco parece que el mayor delito que se puede cometer en estos días es encenderse un cigarrillo. Pero ésto no lo digo porque me afecte directamente, es más, no he probado un cigarrillo en la vida. Antes me reventaba que fumaran mis amigos, mis padres, mis compañeros de clase… incluso odiaba la profesión de mi abuelo: estanquero. “¿Tienes un abuelo estanquero y no fumas?”, me decían mis amigos, “¡tú eres gilipollas!”. “Un gilipollas sano, no como tú”, les respondía yo. Dedicaba tiempo y esfuerzo para que los demás dejaran de fumar haciendo apuestas tontas para ver cuánto aguantaban sin el tabaco –apuestas que siempre ganaba yo, por supuesto– y leyéndoles cosas curiosas del periódico: “Mira lo que dice este artículo: ‘El tabaco puede producir infarto de miocardio, aumento del colesterol, arritmia cardíaca, hipertensión arterial, y taquicardias múltiples’”. ¡Sin acritud, eh! Siempre mirando por su bien, por el de sus pulmones y por el de los míos, claro. Yo no tenía porque tragarme el humo de sus cigarrillos. Antes deseaba que los gobernantes tomaran medidas tajantes y dictasen terribles reprimendas contra los adictos al tabaco. Antes deseaba que se extinguieran del planeta todos los fumadores y que me dejaran respirar el aire puro llegado de los bosques. Y entonces salió la Ley Antitabaco: “¡Aleluya!”, pensé, “¡Se acabaron los malos humos en mi vida!”. Pero no. Me estaba equivocando. No se acabaron, al revés: se incrementaron. Ahora los fumadores tienen que salir a la calle para echarse su cigarrito o esconderse en alguna parte de los edificios para que nadie los vea. Los edificios de España se han convertido en auténticos institutos para adolescentes: la vuelta al cole, pero esta vez sin El Corte Inglés. Ahora los repudiados deben fumar a escondidas y aun así yo sigo tragando el mismo humo. Como todos los fumadores han tenido pasado recuerdan que un buen sitio para fumar sin ser descubiertos es el baño –lugar que visito de vez en cuando, según los días–. Pues bien, ahora le ha dado a la gente por meterse al baño a fumar. Y créanme, aspirar el humo en un recinto cerrado es un auténtica tortura.

Antes, cuando estaba con mis amigos, ellos fumaban y mientras conversábamos yo tragaba su humo, cosa que me irritaba bastante. Ahora cuando estoy con mis colegas ellos fuman mientras conversamos, yo trago el humo y además paso frío por estar en la calle, cosa que me irrita aún más. No es justo. Antes no pasaba frío. Si al menos la ley hubiera salido en verano… En fin, antes luchaba por acabar con el humo y ahora lucho por acabar con el frío, con los baños ahumados, con el tabaco en general y todo ello para intentar que no acaben conmigo.